JESÚS, ENTRASTE EN CANÁ

Jesús, entraste en Caná

Sus bodas por honrar;

De tu presencia aquí también

Queremos hoy gozar.

 

Dos ante ti, su Salvador,

Con puro corazón,

Se enlazan hoy en fiel amor;

Dales tu bendición.

 

En santo lazo conyugal

Unidos son por ti;

Haz que con voluntad leal

Lo guarden entre sí.

 

Aprendan sobre ti, Señor,

Sus cargas a echar,

Y que tu brazo protector

Defienda su hogar.

 

Haz, nuestro Padre celestial,

Que salvos por Jesús

Gocen la gloria eternal

En tu excelsa luz.

H-630

JOHN BERRIDGE

Este himno para bodas fue escrito por Juan Berridge, que vivió por más de 70 años, y nunca se casó. Nació en Kingston, Nottinghamshire, G. B., en 1716. Su padre era un granjero hacendado y había planeado que su hijo siguiera el mismo camino, pero Juan no tuvo tal inclinación ni propósito.

Las primeras impresiones religiosas que recibió el joven Berridge surgieron en parte por la influencia de un compañero de colegio y en parte por las fieles súplicas de un sastre ambulante al que ocasionalmente le daban trabajo en la casa. Viendo que su hijo se entregaba al estudio de la Biblia, su padre decidió dar al chico una buena educación para que llegara a ser, como él decía, una “luz a los Gentiles”.

En 1749 Berridge fue cura de Stapleford, cerca de Cambridge, pero, aunque se esforzó por 6 años, su ministerio fue infructuoso. Su siguiente cargo fue en Everton, donde volvió a encontrar el mismo resultado estéril a sus esfuerzos, hasta que un día la verdad del Evangelio realmente entró en su alma. Ahora sí que podía explicar el camino de la salvación a otros, con un poder que nunca antes había experimentado. Escribió un relato sobre el gran cambio experimentado: “Una mañana,” dice él, “estaba sentado en mi casa, y meditando sobre un texto de la Escritura, las siguientes palabras fueron como un dardo en mi mente con un poder maravilloso, y parecían como una voz del cielo, «Cesa de tus propias obras». Antes de oír estas palabras, mi mente estaba en una calma inusual; pero tan pronto como las oí, mi alma estaba en plena tempestad, y las lágrimas brotaron de mis ojos como torrentes. Las escamas cayeron inmediatamente de mis ojos, y vi con claridad la roca sobre la que yo me había sentado por casi 30 años. ¿Preguntas qué era esa roca? Era una confianza secreta en mis propias obras para salvación. Esperaba ser salvo, en parte, en mi propio nombre, y, en parte, en el nombre de Cristo; aunque sabía que no hay salvación en otro nombre que el de Jesucristo.”

Con esta nueva luz ardiendo en su alma, encontró su parroquia muy pequeña, y fue de condado en condado proclamando el Evangelio con un celo que enseguida provocó la oposición de su obispo, quien le reprendió fuertemente por predicar fuera de su parroquia. Pero esto no enfrió lo más mínimo su ardor espiritual, porque se dice que a menudo predicaba 12 veces en una semana, viajando muchos kilómetros por las carreteras abruptas del campo bajo todo tipo de climatología.

En medio de su labor le cogió el gran avivamiento que barrió las islas, por la obra del Espíritu Santo, manifestándose en la predicación de Wesley y Whitefield, y él se asoció con esos evangelistas celosos en la obra de ganar almas. También era amigo íntimo de Lady Huntingdon, que fue maravillosamente usada por Dios en aquel tiempo.

Pero Juan Berridge no era un hombre corriente, y aunque considerado por los escritores contemporáneos como excéntrico, sería difícil encontrar un alma más honesta y devota, que supiera, tanto como él, atraer la atención de sus oyentes con sus características expresiones humorísticas, y tocar el corazón con alusiones y llamados conmovedores.

Fue publicado por primera vez en la revista “Gospel Magazine”, en 1775.

En el prefacio a una colección de himnos que él publicó, escribió una frase memorable: “Mi Salvador y mi Dios, acepta esta pizca de amor que es echada en tu tesoro. Bendícela, y será bendecida. Lo que sea agua en el himno transfórmalo en vino.”